Invitación al abismo
Por Enrique symns
El corazón del universo late aquí donde, por suerte, todo está perdido. Aquí la guerra ha terminado y el guerrero vencido puede descansar. Aquí la sabiduría no existe y el sabio puede ignorar. Aquí el amor s una carta que las miradas jamás se escriben. Aquí podés abandonar tu libreto porque el teatro está vacío. Aquí podés hacer dormir tus planes porque el vacío ilumina lo único que hay: nada.
Hace veinte mil millones de años que esto es así. El sistema solar es un campo de concentración nazi donde los planetas circulan atrapados por los grilletes de sus órbitas. Y el primer pez fue un asesino en cuanto tuvo hambre.
Estás aquí, donde todo te resulta gratis porque el sol se quema a sí mismo como un bonzo que se suicida por tristeza. Donde las sonrisas siempre terminan en puñaladas. Donde la noche miedosa deja corretear el misterio hasta que la maldición del día lo ilumina con sus preguntas.
Aquí, donde los locos han esposado esposas al esposo, donde han madreado hijos para padrearlos, donde envejecen niños para que adulteen; en este colegio de atrasados mentales, donde el ángel aprende a leer y escribir las leyes que prohíben volar.
Aquí, amigo, donde compartimos lo que nos robamos, donde mentimos lo que ignoramos. Hacia aquí venimos. Donde no esperamos a nadie ni nadie nos vendrá a buscar.
Aquí, donde vos sos el único brillo que nadie podrá percibir.
El niño bueno
Por Julio Cortazar
No sabré desatarme los zapatos y dejar que la ciudad me muerda los pies
no me emborracharé bajo los puentes, no cometeré faltas de estilo.
Acepto este destino de camisas planchadas,
llego a tiempo a los cines, cedo mi asiento a las señoras.
El largo desarreglo de los sentidos me va mal.
Opto por el dentífrico y las toallas. Me vacuno.
Mira qué pobre amante, incapaz de meterse en una fuente
para traerte un pescadito rojo
bajo la rabia de gendarmes y niñeras.
apuntes para pensar caminando

Escribo en el escritorio frente a la pantalla cuando escucho el timbre de la casa. La perra, que ahora ni siquiera puede mantenerse en pie, ensaya un ladrido lastimoso derrumbada bajo la mesa. Me asomo por la ventana y veo el gamulán de siempre imponiéndole respeto al invierno. La tarde invita a salir, para pensar juntos decidimos salir a caminar.
Para aquellos que venimos pensando que pensar significa cambiar de lugar, moverse mientras se piensa se vuelve fundamental. Tal vez sea valido entonces afirmar la politización de cierta dimensión del caminar, balbucear una biopolítica de nuestros recorridos por la ciudad.
Si pensar significa moverse, el pensamiento necesariamente implica caminar. Aún a riesgo de caer en una apología del nomadismo, decimos que el pensamiento siempre tiene que ver con la producción de la vida, con la apertura hacia nuevos signos vitales, con la constitución de territorios existenciales más potentes en los que podamos decidir cómo queremos vivir. A este modo de pensar lo llamaremos pensamiento caminante.
Habría otro modo, higiénico o de oficina, en el que el pensamiento no sale, porque si lo hace, si camina, se ensucia de tierra. Este modo de pensar esterilizado, aséptico, es el de alguien que sólo tiene sexo después de bañarse. El modo de escritorio es el modo del pensamiento como repetición e implica estarse quieto, volver al mismo lugar, no ir más allá del goce consistente en escucharse repetir. Perrunamente hablando, el límite que puede encontrar el modo oficinista es terminar comiéndose la cola.
Estar quieto en el escritorio es como estar castigado. Como aquella vez en el jardín cuando le levante la pollera a mi compañerita y me pusieron en penitencia sentado contra la pared. Ahora no hay rincón ni penitencia pero la silla sigue ahí. También hay una luz, más parecida a la de un criadero de pollos que a la de un velador.
Ahora bien, la pata floja del aparato de pensamiento escritorial puede llegar a ser el devenir feo. O sea que, más que malo, podría llegar a ser un modo feo del pensar. Sobre todo si la soledad en algún momento se vuelve desolación, si el cuerpo no encuentra otro cuerpo para construir entre ambos un límite, un nuevo territorio. En este último sentido de lo somático, si el infierno son los otros, el paraíso también.
Hace algunas semanas les propongo por mail a mis compañeros becarios de conicet armar entre nosotros un laboratorio de becarios. La idea era, antes que sobre hipótesis, autores o libros, trabajar sobre las inscripciones corporales y las dimensiones vivenciales de nuestro modo de producción de conocimiento: dónde nos angustiamos, cuándo nos aburrimos, con quiénes cooperamos, qué nos alegra, por qué siempre estamos corriendo. Intuyo que ese “correr” puede ser la versión híper-acelerada de un pensamiento que no camina, el doble académico del modo de pensamiento higiénico. Para el corredor urbano, detrás de cada eventualidad doméstica acecha una conspiración contra su propio tiempo. De modo que, hacer una compra en el supermercado significará un atraso definitivo en sus lecturas agendadas. Ir al cajero a sacar plata, cambiar el cartucho de la impresora o llamar al gasista le demandarán una lucidez que bien podría estar volcando en reescribir la ponencia que acaba de terminar.
Sin embargo ¿todo caminar implica pensar? ¿Siempre que se camina se piensa? ¿Qué papel juegan los lugares por los que se camina? ¿Y la compañía del caminante o su interlocutor? ¿Y la época del año? ¿Y el escenario geográfico? Es como si el pensamiento se tiñera del territorio sobre el que se erige. Pero… ¿Se ensucia uno invariablemente de los lugares por los que anda? ¿Caminar al lado del río en Rosario, por ejemplo, promueve el pensamiento líquido? ¿Caminar por un bosque misionero conlleva un pensamiento denso? ¿Caminar en las alturas de Bolivia te otorga un pensamiento panorámico? De la misma forma, ¿caminar de noche por el centro de Las Vegas promueve un pensamiento iluminado? ¿Se puede pensar en las planicies lacerantes de Colonia Caroya? ¿Y en las siestas taciturnas de San Antonio de Areco? Preguntas que me hago mientras camino.
Camino por una calle en subida. De repente, exhausto, me siento sobre una piedra. Mientras intento respirar se acerca un viejo y, sin preámbulos, me pregunta ¿a quien espera?
Quiero compartir con ustedes un catálogo de caminatas:
Habría un caminar desesperado.
Habría un caminar turístico.
Además habría un caminar gasolero: para este modo de caminar, que doy en llamar “gasolero”, caminar no es una decisión afirmativa. Por el contrario, en este caso se reduce a eso que hago porque tengo que moverme de un punto a otro y no quiero gastar plata en taxi o en colectivo. Por lo general, el caminante gasolero siempre está llegando tarde a algún lado. Este modo sería algo así como la extensión caminante del modo de pensar higiénico: o sea, uno no desconectó con lo que estaba haciendo y pensando, pero no le queda otra que moverse para llegar a destino. Algo así como “de la casa al trabajo y del trabajo a la clase de charango”.
Como al caminante gasolero siempre se le hace tarde, al igual que en el caminar desesperado y en el caminar turístico, el cuerpo del otro es un obstáculo en la marcha. Si en el caminar desesperado el cuerpo del otro es un estorbo para que mi cuerpo llegue más rápido a la mina que me vende Fernet-Cola Gavuti atrás de una barra o es la bolsa de tetas con escote sojero que me separa de un seguro orgasmo por la Plaza Pringles a las seis de la tarde un martes de primavera. Lo mismo que en el caminar turístico, en donde el cuerpo del otro equivale a eso que me falta para llegar a las ruinas de los Tiwanacu.
Otro rasgo del caminar gasolero es la superfluidad de la mirada: los ojos ven pero no miran; ciegos bien abiertos, quedan como enfrascados en la actividad mental de la que todavía no han sido arrancados. Caminando así, paso casi a diario por Corrientes entre Córdoba y Rioja y juraría que si en este momento alguien me pregunta qué negocios, edificios o cosas hay en esa calle, no tendría nada para decir. De igual forma sospecho que, aunque quisiera, la sobre-estimulación provocada por el exceso de signos de mercado haría que todo intento de mirada fuese inútil.
Camino por Corrientes, en Buenos Aires, con la fantasía de que -entre puestos callejeros, promociones de todo tipo, estridencias artesanales, kioscos de revistas, perfectos desconocidos y vidrieras- aparezca una piecita para entrar a molerme a palos con alguien y poder hacer algo con mi agresividad.
Por último, existiría un modo de caminar decidido, que es finalmente aquél que me interesa politizar.
Para el tipo que me importa, caminar no es la opción menos mala. Tampoco es una acción instrumental reductible a llegar de un lugar a otro. Simplemente se trata de una decisión política. Camino porque necesito pensar. Y para caminar elijo un espacio público, decido un interlocutor, decido un paisaje y una propia temporalidad. Y en tanto lo decido, des-fetichizo mi propio estar en la ciudad.
Digo, uno no sólo consume cuando va al Supermercado o al Shopping. También consume cuando habla sin consecuencias. Y también lo hace cuando camina sin decidir una apuesta, moviéndose a una velocidad que le es ajena.
Es cuando podemos suspender todos esos gestos que puede emerger otra voz, que las palabras pueden desvestirse del neoprén que las vuelve superfluas. Es entonces cuando puede surgir otra temporalidad, en suma, es ahí cuando puedo pensar. Sólo logro pensar cuando hago del pensamiento el síntoma de algo que se problematiza caminando.
Mi amigo el del gamulán verde dice que necesita pensar. Yo lo invito a caminar.
Escrito junto a Juan M. Sodo.
El pasado
Por Alan Pauls
…Después de todo hizo lo mismo que vos: aprendió lo que tenía que aprender y se fue, hecho todo un hombre. Un hombre encantador, sensible, curioso, apasionado, que ya estará aprovechando, supongo, alguna alemana inmunda, con matas de pelos en las axilas y sandalias con medias. Pero no me quejo. Es así. Es mi misión en el mundo: inventar, descubrir, embellecer personas… para que las disfruten otros. Es lo que hago con mis enfermos. Llegan a mi inválidos, paralizados, desahuciados por los médicos, y se van felices, caminando. A sus propios familiares les cuesta reconocerlos. Es lo mismo pero con los hombres. Esos hombres que las mujeres detectan, seducen, encierran en departamentos de tres ambientes y convierten en padres de familia, esos hombres que después, con el tiempo, se dan cuenta de que esas mujeres con las que estuvieron toda una vida son una perfectas extrañas y nunca supieron nada de ellos, nunca, nada, empezando por lo básico, quiénes eran, ellos, quiénes eran de verdad, qué los hacia felices, qué los enfermaba, qué los enloquecía de alegría, de que querían escaparse, con qué paraísos soñaban, y entonces se mueren, y el medico dice “infarto” o “aneurisma”, pero en realidad mueren de amargura… A esos hombres, Rimini, a esos hombres como vos, yo los veo. Los veo y de sólo verlos los abro por el medio, como esos filipinos que operan sin tocar, y les miro el corazón así, a esta distancia, y les leo todo, entendés, una por una, todas las heridas y las cicatrices que tienen, las grandes, las que son irreparables, y las que casi no se ven, y también leo todo lo que el corazón es capaz de hacer, todo lo que ni él, él menos que nadie, en realidad, sospecha que puede hacer, y entonces les digo lo que veo, o no, se los muestro (por que los pobrecitos rajan se les decís las cosas), y entonces, zas, se enamoran de mí, se enamoran perdidamente, y yo de ellos, y cuando empiezan a darse cuenta de que los que les mostré está ahí, adelante de ellos, adentro de ellos, entonces creen que entienden de qué se enamoraron realmente, no de mi, por supuesto, sino de mi poder, de mi ojo filipino, de mi capacidad de curarlos , y entonces, curados, espléndidos, se van, mucho más guapos que cuando los encontré, rejuvenecidos, en perfectas condiciones para ser felices. Y sin mí, por supuesto…
El genio de la multitud
por Charles Bukowski
Hay suficiente traición y odio,
violencia.
Necedad en el ser humano
corriente
como para abastecer cualquier ejercito o cualquier
jornada.
Y los mejores asesinos son aquellos
que predican en su contra.
Y los que mejor odian son aquellos
que predican amor.
Y los que mejor luchan en la guerra
son -AL FINAL- aquellos que
predican
PAZ.
Aquellos que hablan de Dios.
Necesitan a Dios
Aquellos que predican paz
No tienen paz.
Aquellos que predican amor
No tienen amor.
Cuidado con los predicadores
cuidado con los que saben.
Cuidado con
Aquellos que
Están siempre
Leyendo
Libros.
Cuidado con aquellos que detestan
la pobreza o están orgullosos de ella.
Cuidado con aquellos de alabanza rápida
pues necesitan que se les alabe a cambio.
Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:
tienen miedo de lo que
no conocen.
Cuidado con aquellos que buscan constantes
multitudes; no son nada
solos.
Cuidado con
El hombre corriente
Con la mujer corriente
Cuidado con su amor.
Su amor es corriente, busca
lo corriente.
Pero es un genio al odiar
es lo suficientemente genial
al odiar como para matarte, como para matar
a cualquiera.
Al no querer la soledad
al no entender la soledad
intentarán destruir
cualquier cosa
que difiera
de lo suyo.
Al no ser capaces
de crear arte
no entenderán
el arte.
Considerarán su fracaso
como creadores
sólo como un fracaso
del mundo.
Al no ser capaces de amar plenamente
creerán que tu amor es
incompleto
y entonces te
odiarán.
Y su odio será perfecto
como un diamante resplandeciente
como una navaja
como una montaña
como un tigre
como cicuta
Su mejor
ARTE.-
1
Por Roberto Juarroz
Todo salto vuelve a apoyarse.
pero en algún lugar es posible
un salto como un incendio,
un salto que consuma el espacio
donde debería terminar.
He llegado a mis inseguridades definitivas.
Aquí comienza el territorio
donde es posible quemar todos los finales
y crear el propio abismo,
para desaparecer hacia adentro.
Como si me pareciera
Por Ivana Simeoni
Me he pintado de mi misma enferma en varices, he dejado hasta los bolsos cruzados por mochilas. Debajo de las polleras siempre he llevado la misma bombacha y solo lo han notado las tardes de viento. Ya no uso corpiño porque para sostén están mis piernas. No necesito tus manos cariño, he comprendido la inestabilidad de lo ajeno, el terror de los que no hablan de un amor y yo desangrando los pañuelos para lamer después lo mío sin asco.
Y dice como un perro fatigado que yo he sido una buena mujer, que yo sola he sabido lamerle los desechos de la espalda. Tengo esa cicatriz que supo detenerse entre línea apretando contra su panza.
Permanecimos años dormitados, con un cuerpo en sudores y no hemos ni siquiera desparramado nada, me imaginé salando como un caldo y te vi rasgado desde tu pared. Nos pasamos la vida allí tirados, sin fumar, yo pude dejarlo aquella vez que me dio un susto, vos, el licor azul que todavía queda un poco para rozarnos los labios como chicos.
Sólo llevo un cuerpo que atender, que es lo que dice no lo sé. ¿Aún me imaginas por las noches con la cintura en vela?, ¿con ese lunar melado, por uno de tus caramelos?…
La música hace que baile a toda hora desnuda de pieles, la música siempre fue un terreno baldío lleno de fuego….
he allí una hoguera estupenda para las noches de invierno…
Me ves como un yuyo quemado, pero no soy más que una pobre y estupida silueta en trance.
No me moveré de estos cuatro hilos de colores, el negro me separa de las travesías del blanco de mi madre,
el azul de una bicicleta, y el verde, ¿quién ha visto el verde? Aún sigo tapada en esta temperatura de un verano que se duerme en colchones cerca de la puerta, en el comedor, al lado de mi hermano, con los ronquidos de la abuela y una mancha en la pared.
Es que las casas se me parecen y hay perfumes que me lo recuerdan a cada rato, soy yo en un papel crep que no duerme. Se me esta secando el cuerpo y este sol que me canta al oído la melodía del reflejo…
ya ni el viento me lo empuja, solo esta sed es un cuarto menguante que abre y cierra la heladera.
Sombras en la sal

Dos años atrás ellos habían querido irse juntos, pero ahora él camina sobre la sal. El viaje se había postergado mucho y él está solo. Camina solo. Hasta ahí viajó liviano. Las decisiones le cuestan tanto como aquello que tuvo que resignar para irse. Aún no sabe que por lo bajo, silenciosa, lo acompaña una deuda todavía. No tiene recuerdos de cómo llego hasta ahí, pero camina y un mar blanco, en medio de Bolivia, se va convirtiendo, apresuradamente, en su suelo.
Se detiene, duda y siente que el choque con el vacío lo deja perplejo. Cielo y sal: nada más. La inmensidad lo aplasta. Es necesario que ese peso de la imponencia se le vuelva un piso sobre el que pueda seguir caminando. En ese salar él puede hacer el ejercicio de correr hacia el horizonte por un tiempo indefinido y que nada, absolutamente nada, cambie. Mirar y tan sólo ver apenas una línea que diferencia lo blanco del degrade azul-celeste del cielo. No hay nada más que sal, que se le va pegando en el cuerpo, un cuerpo que hasta entonces venía guardando sombras, olores, rasguños.
Entonces vuelve a caminar y siente que el aire en Uyuni existe y que puede percibir cómo le entra por la garganta al punto de llegarle a los pulmones, y que el cuerpo se le va cristalizando, que la carne le duele, que se le estruja, que se endurece y se petrifica. Más tarde, exhausto, detiene la marcha y, mientras se acomoda sobre un suelo blanco, piensa en aquella frase sobre sentarse a las puertas de la eternidad a perder el tiempo, y se lamenta de hacerlo solo. Pero de todos modos, él sabe que la única manera de poder seguir guardando cosas en la mochila es ir vaciándola de a poco.
El viaje continuará, pero de alguna manera algo de él se quedará en ese mar blanco. Entonces se pone de pie, comienza a caminar y sin buscarlo, se deja llevar por una ola de pensamientos que le recuerdan todos aquellos cementerios que visitó y esa extraña manera de, por fin, perderla.
Trópico de capricornio
Por Henry Miller
Mi familia estaba formada por nórdicos puros, es decir, idiotas. Suyas eran todas las ideas equivocadas que se hayan podido exponer en este mundo. Una de ellas era la doctrina de la limpieza, por no hablar de la de la probidad. Eran penosamente limpios. Pero por dentro apestaban. Ni una sola vez habían abierto la puerta que conduce hasta el alma; ni una sola vez se les ocurrió dar un salto a ciegas en la oscuridad. Después de comer, se lavaban los platos con presteza y se colocaban en la alacena; después de haber leído el periódico, se plegaba cuidadosamente y se guardaba en un estante; después de lavar la ropa, se planchaba y doblaba y luego se guardaba en los cajones. Todo se hacía pensando en el mañana, pero el mañana nunca llegaba. El presente sólo era un puente, y en él siguen gimiendo, como el mundo, y ni a un solo idiota se le ocurre volar el puente…
Plataforma
Por Michel Houellebecq
- Eso es lo maravilloso de ti: te gusta dar placer. Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no esta a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y de debilidad. La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido de uno mismo; no es un terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente concientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alineación y la dependencia; para colmo estamos obsesionados con la salud y con la higiene: ésas no son las condiciones ideales para hacer el amor…
Erótica
Por Cristina Peri Rossi
Tu placer es lento y duro
viene de lejos
retumba en las entrañas
como las sordas
sacudidas de un volcán
dormido hace siglos bajo la tierra
y sonámbulo todavía
Como las lentas evoluciones de una esfera
en perpetuo e imperceptible movimiento
Ruge al despertar
despide espuma
arranca a los animales de sus cuevas
arrastra un lodo antiguo
y sacude las raíces
Tu placer
lentamente asciende
envuelto en el vaho del magma primigenio
y hay plumas de pájaros rotos en tu pelo
y muge la garganta de un terrón
extraído del fondo
como una piedra.
Tu placer, animal escaso.
La pasión
Por Cristina Peri Rossi
Salimos del amor
como de una catástrofe aérea
Habíamos perdido la ropa
los papeles
a mí me faltaba un diente
y a ti la noción del tiempo
¿Era un año largo como un siglo
o un siglo corto como un día?
Por los muebles
por la casa
despojos rotos:
vasos fotos libros deshojados
Éramos los sobrevivientes
de un derrumbe
de un volcán
de las aguas arrebatadas
y nos despedimos con la vaga sensación
de haber sobrevivido
aunque no sabíamos para qué.
A un general
Por Julio Cortazar
Región de manos sucias de pinceles sin pelo
de niños boca abajo de cepillos de dientes
Zona donde la rata se ennoblece
y hay banderas innúmeras y cantan himnos
y alguien te prende, hijo de puta,
una medalla sobre el pecho
Y te pudres lo mismo.
7 - IV
Por Roberto Juarroz
Toda nomenclatura es triste.
Huele a campos tapiados,
a cadenas de lúgubres adioses,
a pisadas que aplastan,
a papeles manchados,
a descarnadas corrosiones.
Aunque se enumeraran ángeles,
aunque se encolumnaran rosas,
aunque se indizaran amores.
Toda nomenclatura traba
la azul enredadera
cuyos brotes demuestran
que el silencio es un verbo.
Toda nomenclatura atrasa
el reloj sin cuadrante
del ritmo que es la vida.
Inconclusiones
No sé donde ubicaría el signo y dónde el poder.
No sé de dónde parten mis brazos ni adónde terminan.
No sé si el objeto que termina de caer es un reloj o una fresa,
porque da gusto y limita.
No sé si esperar es partir hacia alguna absurda soledad,
o solo plantearse el no-olvido.
No sé si este placer de tenerte va a desplazarme al subsuelo gris,
o hacia alguna parte del infinito.
Tripode
Lobo suelto, cordero atado
Por Carlos Solari
En el principio fue la compasión y el principio es la mitad de todo.
A partir de entonces ciertas mentiras dieron vergüenza.
Sucedió así: Una gloria mucosa cayo del cielo y allí donde cayo se alzaron la carne del lobo y la del gemelo enrulado con hechuras de cosa humana. Sobre esta tierra mansa reino, entonces el germen verdadero de la muerte con la dulce sangre en sus fauces.
Desde ese momento el nuevo diablo fue seductor solo para la inocencia y vistió la piel del lobo diciendo: Corderito, soy el miedo que te muerde cuando la muerte baila sobre tus cuadriles perfumados. Cuando olfatea tu carne tibia de fetiche, de ídolo adorado que no beso la cola del primer satán, por que nunca dejo de recordar que el sufrido viejo también fue un ángel.
Corderito… no es bueno mantener al lobo hambriento (terminaras con el corazón en la boca te lo digo yo, ji-ji). Vos, Corderito, multiplicaste la crueldad durante milenios.
No tuviste compasión. No hiciste uso del movimiento del alma que nos hace sensibles al mal que padecen los demás. Querido corderito… a partir de ahora perderás tu inocencia,
pero no temas, la perdida de la inocencia traerá belleza a tus ojos. Recién ahora podrás mirar la naturaleza con melancolía. Este lobo hechicero que soy, subirá al cielo consumido por tus palabras.
Te dejare las sobras, y aunque es verdad que hay un mundo en ellas, ascenderé con la esperanza de que no te pruebes la piel que yo gaste.
Porque… Querido corderito… Aquí es el mas allá!
Siempre tuyo.
Lupus el Lobo
PD: El próximo diluvio te vuelvo a ver.
Lobo suelto, cordero atado II
Por Carlos Solari
Lupus, Viejo amigo.
Ay! Si todo ese amor hubiese sido cierto… todas esas visiones…
¡cómo nos gustaban esas naves! ¡Cómo nos gustaban!
Auguraste que mi estrella se volvería un lugar inhabitable. Hiciste de todo por desengañarme, pero tu lengua es una vieja amiga mia. Me dijo más.
Recuerdo una noche en el Gran Restaurant de la naturaleza. Una noche de tierra llena en la luna. Aquella cuando mi cuerpo para vos cruzó la línea y murió a carcajada limpia.
Una noche más donde mi padre en los cielos se merendó a tu padre en los cielos y el cordero fue lobo del lobo.
Querido Lupus. Caballero Magistral, no es que vos no me gustes, no me gusta tu trabajo ¡Un coloso goloso cometiendo brujerías de bebito!
La violencia que añoras regresara en cuanto el nuevo Satán encuentre pareja… y será, quizás, la última pulsión de esta vida. Es fácil reconocer en vos los cromosomas del éxito, pero conmigo se da una rara paradoja:
Pienso para mi Bah total el oficio de dios es perdonar.
-Y me coloco mi virgo de descarne. O sea, si sobrevivo ya no soy ni un cordero. Y así me veo más de una vez, amargado como el culo de un pepino, envidiando el quilombete que voz estelarizás. No quisiera que sufrieras mi pasión ni por una sola noche.
Hasta pronto, querido amigo.
Perdido por Perdido
Rulo, el Cordero
PD: Dame pan y dime tonto.
Hablen tienen 3 minutos
Por Julio Cortazar
De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte
entre mis dedos un momento,
y bebí una botella de Beaujolais,
para bajar al pozo donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara
cuelgo mi piel y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.
Excusarás este balance histérico,
entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío,
llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna
la humedad alisa sus patitas de esponja.
Máxime sabiendo que pienso en ti obstinadamente,
como una ciega máquina, como la cifra que repite
interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano,
acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas
en una sola miga de ternura.
Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos,
que nos demos un pétalo,
aunque sea un pasito, una pelusa.
Sería fantástico
Por Joan Manuel Serrat
Sería fantástico
que andara equivocado
y que el water no estuviera ocupado.
Que hiciera un buen día
y que no nos engañaran en el peso.
Que San Pedro, no cantase ni aunque le pagaran.
Sería fantástico
que nada fuera urgente.
No pasar nunca de largo y servir para algo.
Ir por la vida sin cumplidos
llamando a las cosas por su nombre.
Cobrar en especies y sentirse bien tratado
y mearse de risa y dejar volar la fantasía.
Sería todo un detalle,
todo un síntoma de urbanidad,
que no perdiesen siempre los mismos
y que heredasen los desheredados.
Sería fantástico
que ganara el mejor
y que la fuerza no fuera la razón.
Que se instalara en mi barrio
el paraíso terrenal.
Que la ciencia fuera neutral.
Sería fantástico
no pasar por el tubo.
Que todo fuera como está mandado y nadie mandara.
Que llegara el día del sentido común.
Encontrarse como en casa en todas partes.
Poder ir distraído sin correr peligro.
Sería fantástico que todos fuéramos hijos de Dios.
Sería todo un detalle
y todo un gesto, por tu parte,
que coincidiéramos, te dejaras convencer
y fueses como yo siempre te imagine.
Tonto
Por Ambrose Bierce
Tonto, s.:
Persona que satura el dominio de la especulación intelectual y se difunde por los canales de la actividad moral. Es omnífico, omniforme, omniperceptivo, omnisciente, omnipotente.
Fue él quien inventó las letras, la imprenta, el ferrocarril, el vapor, el telégrafo, la perogrullada y el circulo de las ciencias. Creó el patriotismo y enseñó la guerra a las naciones, fundó la teología, la filosofía, el derecho, la medicina y Chicago.
Estableció el gobierno monárquico y el republicano. Viene de la eternidad pasada y se prolonga hasta la eternidad futura. Con todo lo que el alba de la creación contempló, tontea él ahora. En la mañana de los tiempos, cantaba en las colinas primitivas, y en el mediodía de la existencia, encabezó la procesión del ser.
Su mano de abuela esta cálidamente cobijada en el sol puesto de la civilización, y en la penumbra prepara el nocturno plato del Hombre, moralidad de leche, y abre la cama del sepulcro universal.
Y después que todos nos hayamos retirado a la noche del eterno olvido, él se sentará y escribirá una historia de la civilización humana.
Por último
Por Raul Gustavo Aguirre
Haber dejado una moneda de fuego en la mano de otro,
haber atado ciertos hilos de amor y resplandor,
haber perdido algo
al salir de la casa vacía.
Haber estado. Haber acompañado,
haber estado complicado con el viento que siempre tiene razón,
con la tierra y el agua y con la hierba que siempre tienen razón.
No haber cumplido años lejos de sí mismo,
no importa si de rodillas o en medio del pantano pero cerca de sí,
o entre asuntos pendientes o torcidos desde el comienzo,
pero masticados con tus dientes.
No importa ser un objeto más o menos clasificable despreciable por los que deciden,
no importa ser superado, masacrado, tergiversado, desmentido,
con todo eso se hace la verdad.
No importa ser interrumpido
si estás al pie del árbol gigante en el día sin fin,
al pie del árbol de piedras preciosas del sueño que sólo pertenece a los hombres,
y si has podido hablar con esas piedras
y acompañar hasta su casa a alguien
en un momento duro de la noche (y vivía tan lejos).
No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,
ni si al fin estás solo en las salinas de la madrugada
haciendo todo lo posible para que salga el sol,
para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada
que acecha tanta maravilla.
Los Extremos de la Palabra
Por Roberto Juarroz
No tenemos un lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.
¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos los nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen?
¿Cómo hacer señas a quien muere,
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos imprevisto,
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como la lanzadera
de un telar descompuesto?
¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de ser mundo?
Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
la imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.
O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia
que sólo allí promulgan
la equivalencia última
del abandono y el encuentro
(para Jean Paul Neveu)
Aire y luz y tiempo y espacio
por Charles Bukowski
sabes, yo tenía una familia, un trabajo, algo
siempre estaba
en el medio
pero ahora
he vendido mi casa, he encontrado este
lugar, un estudio amplio, deberías ver el espacio y
la luz
por primera vez en mi vida voy a tener el lugar
y el tiempo
para
crear
no, nene, si vas a crear
vas a crear trabajando
16 horas al día en una mina de carbón
o
vas a crear en una habitación con tres chicos
mientras estás
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo.
vas a crear ciego
mutilado
loco.
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla, con terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego.
nene, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver con esto
y no crean nada
excepto quizá una vida más larga para encontrar
nuevas excusas
Un brindis de piratas
Por Enrique symns
Los viajeros sólo desean llegar y partir de los puertos, nunca permanecer. En los puertos, la vida es una aburrida parodia. Hay pianistas, payasos y toda clase de inventos para entretener a los que viajan. Hay amores para acompañar la soledad y juegos dramáticos para perder el tiempo.
Al atardecer de los sueños, el marino siempre se asoma a esa mágica sensación de que la vida empieza al borde del abismo que separa los mundos. El mundo de los muertos que parece vivir y el mundo de los vivos que simulan estar muertos.
La aventura es más allá, en el Mar de Nunca Jamás, donde Alguien nunca se olvida que es Nadie. Al marino no le interesan las noticias que circulan en la Tierra de Siempre. En esa tierra, la realidad son modas que el tesorero acumula en los cofres de la ausencia.
Todos los días nos vemos obligados a escoger entre ser el guerrero-pirata-loco-extraterrestre o ser el lame-mocos que solo quiere casarse-escribir el libro-alquilar el depto-comprar marihuana para llenar de escombros su vacío.
Es más cómodo viajar en sillas de ruedas en la autopista de las emociones controladas. Es más cómodo que andar rengueando por caminos desconocidos. Es mas cómodo internarse en el asilo de las costumbres que seguir recorriendo nuestro miedo a la oscuridad.
Este 31 de diciembre, uno de esos días en que el gris de la ausencia alcanza su mayor brillantes, quizá sea bueno asomarse nuevamente a esa peligrosa escollera. Por eso voy a brindar con ustedes, mis amigos, para que esa noche nos encontremos en el espacio imaginario de nuestros sueños.
Brindo por todos aquellos que insisten en desconocer el misterio de la existencia. Por que en el brindis cierren los ojos y que al volver a abrirlos el escenario sea otro y la obra maravillosa.
Brindo por los intrépidos que hoy están tristes, por los vagabundos que se creen perdidos, por los rebeldes que están resignados, por los perseguidos que tímidamente poseen el secreto. Que se cumplan sus peores propósitos. Que gocen el peor momento. Que sigan siendo polizones ocultos entre los pliegues de la pesadilla colectiva. Que nunca los encuentren, que siempre lleguen a tiempo o que no exista el tiempo, para que puedan llegar.
Brindo por mis invisibles amigos, los que saben que no saben, los que deseando vivir, viven simplemente deseando.
Que funden su reino, que encuentren su magia, que hagan la fiesta, que nunca se pierdan.
Y de no ser así, que el mundo se pudra en el infierno que nos sugieren.
Desde los afectos
Por Mario Benedetti
¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo,
Que nadie establece normas salvo la vida,
Que la vida sin ciertas normas pierde forma,
Que la forma no se pierde con abrirnos,
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente,
Que no está prohibido amar,
Que también se puede odiar,
Que el odio y el amor son afectos
Que la agresión porque sí hiere mucho,
Que las heridas se cierran,
Que las puertas no deben cerrarse,
Que la mayor puerta es el afecto,
Que los afectos nos definen,
Que definirse no es remar contra la corriente,
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja,
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio,
Que negar palabras implica abrir distancias,
Que encontrarse es muy hermoso,
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida,
Que la vida parte del sexo,
Que el “por qué” de los niños tiene un porque,
Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad,
Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana,
Que nunca está de más agradecer,
Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo,
Que nadie quiere estar solo,
Que para no estar solo hay que dar,
Que para dar debimos recibir antes,
Que para que nos den hay que saber también cómo pedir,
Que saber pedir no es regalarse,
Que regalarse es, en definitiva, no quererse,
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos,
Que para que alguien “sea” hay que ayudarlo,
Que ayudar es poder alentar y apoyar,
Que adular no es ayudar,
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara,
Que las cosas cara a cara son honestas,
Que nadie es honesto porque no roba,
Que el que roba no es ladrón por placer,
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo,
Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte,
Que se puede estar muerto en vida,
Que se siente con el cuerpo y la mente,
Que con los oídos se escucha,
Que cuesta ser sensible y no herirse,
Que herirse no es desangrarse,
Que para no ser heridos levantamos muros,
Que quien siembra muros no recoge nada,
Que casi todos somos albañiles de muros,
Que sería mejor construir puentes,
Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve,
Que volver no implica retroceder,
Que retroceder también puede ser avanzar,
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol,
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida?
¿Cuanto te pagan por izar la bandera?
Por Carlos Solari
Somos el miedo de los gobiernos que mienten en nombre de la verdad.
El miedo del poder militar, económico y jurídico que impide la comunicación humana de pueblo a pueblo. Somos el miedo de la soberanía de los piratas del mundo que mutilan el estado de ánimo e impiden las emociones reveladoras.
Somos el miedo del poder de los déspotas que reside en mecanismos impersonales. El miedo de las estructuras burocráticas que desalientan las conductas exploratorias. El miedo de las grandes fortunas que se robaron de los derechos naturales.
El miedo de los centros de poder que amenazan con la destrucción total. El de esos varones sensatos y “prácticos” que desean dejar su huella en la historia y creen solamente en lo que pueden forzar y controlar. Somos el miedo de quienes nos adiestran a ser corteses cuando alguna institución nos pisotea.
El miedo de quienes temen a los cambios pues su status depende de la rutina y del tiempo de otras personas. El miedo de las tecnologías caprichosas que nos obligan a valorarlas adoptando siempre sus supuestos básicos.
Somos el viejísimo miedo agazapado en todos los rincones del Imperio y estamos encantados
¡encantados!.
Nosotros los dinosaurios
Por Charles Bukowski
Nacimos así
en medio de esto
mientras rostros de tiza sonríen
mientras doña muerte ríe
mientras los ascensores se rompen
mientras panoramas políticos se disuelven
mientras el chico del supermercado
termina la Universidad
mientras peces envueltos en petróleo
escupen su aceitosa plegaria
mientras el sol está enmascarado.
Nacimos así
en medio de esto
en medio de guerras prudentemente enloquecidas
en medio del paisaje de fabricas con ventanas
rotas y vacías
en medio de bares en donde la gente ya no habla
en medio de peleas que pasan de los puños a
las armas y a las navajas.
Nacimos en esto
entre hospitales tan caros que es más barato morirse
entre abogados que te cobran tanto, que es más
barato declararse culpable.
En un país donde las cárceles están llenas
y los manicomios cerrados.
En un lugar donde las masas elevan a los ineptos
a la categoría de héroes.
Nacimos en esto
caminamos y vivimos
através de esto
muriendo por esto
mutando por esto
silenciados a causa de esto
castrados,
abusados,
desheredados
por esto,
engañados por esto,
usados por esto,
jodidos por esto,
enloquecidos y enfermos por esto,
convertidos en seres violentos
convertidos en seres inhumanos
por esto.
Los corazones están ennegrecidos
los dedos buscan las gargantas
al revolver
la navaja
a la bomba
los dedos se dirigen hacia un Dios insensible
que no responde.
Los dedos van a la botella
a las pastillas
a la pólvora.
Hemos nacido en medio de esta lastimosa devastación
hemos nacido en medio de un gobierno endeudado
hace 60 años
que pronto no podrá pagar siquiera los intereses
y los bancos arderán
y el dinero no servirá para nada.
Habrá asesinos libres e impunes por las calles
habrá pistolas y mafias oficiales.
La tierra se volverá inútil
los alimentos serán una recompensa que se esfuma.
El poder nuclear estará en manos de la mayoría
explosiones sacudirán la tierra.
Hombres robot afectados por radiaciones
acecharán a otros hombres.
Los ricos y los elegidos observarán
desde plataformas espaciales.
El infierno de Dante parecerá
un juego de niños.
El sol ya no se verá y será siempre noche
los árboles morirán
toda la vegetación morirá
hombres afectados por radiaciones comerán
la carne de otros hombres afectados por radiaciones.
El mar estará contaminado
los lagos y los ríos desaparecerán
la lluvia será el nuevo oro.
Un viento oscuro esparcirá el hedor de
cuerpos putrefactos de hombres y animales
los escasos sobrevivientes serán, asediados
por nuevas y horribles enfermedades.
Y las plataformas espaciales se irán
destruyendo por el desgaste y la
escasez de provisiones
y el simple efecto de la decadencia general.
Y entonces surgirá de eso
el silencio más hermoso
jamás oído
y el sol todavía ahí, oculto
estará esperando el próximo capítulo.-
Happy new year
Julio Cortazar
Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fìn de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
La Migala
Juan Jose Arreola.
La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.
El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada. Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar.
Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.
La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible. Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña.
Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona. Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles. Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.
Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.
Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.




